Entrar en el terreno de lo contencioso-administrativo es, para muchos, lo más parecido a iniciar un duelo de esgrima contra un gigante que, además de ser tu oponente, es el dueño del campo, el árbitro del encuentro y quien redacta el reglamento a mitad del combate. Existe una ironía casi poética en el hecho de que el Estado, ese ente creado para protegernos y darnos orden, sea a menudo el adversario más formidable y obstinado al que un ciudadano o una empresa deba enfrentarse.

Cuando la vía administrativa se agota y el silencio o la negativa de la Administración se vuelven un muro infranqueable, no basta con tener la razón; hay que saber procesarla. Aquí es donde el papel del abogado contencioso administrativo trasciende la mera representación legal para convertirse en una suerte de intérprete de alta fidelidad en un juicio donde cada coma del expediente tiene el peso de una sentencia.

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